A la primer historia de Rumipal no la escriben los hombres, la cuentan las piedras. Las piedras hablan.
Enclavada sobre innumerables yacimientos precolombinos, algunos arqueólogos la definen como la Pompeya de Córdoba y otros como un Santuario Arqueológico.
Flechas de piedra, morteros de piedra, raspadores, cuchillos, alisadores, estatuillas, pipas de piedra.
Sólo la piedra sabe cuándo comenzó Rumipal, y quién fue el primer hombre que así la llamó: Rumipal (¿Estrella de Piedra?).
Pequeña, silenciosa, Rumipal siempre estuvo aquí. Desde los albores del Cristianismo, cuando ni siquiera Europa sabía su nombre.
La segunda historia de Rumipal es la del “Loco” Riemann.
Gustavo Riemann era alemán e ingeniero civil. Contratado por la Empresa Siemmens para unas obras de reparación hidroeléctrica, se prendó al lugar. Compró unos campos (los campos del “Loco”), y decidió la locura de fundar una “localidad” turística.
Fue el 6 de Setiembre de 1930.
Cuando en 1933 la Villa contó con luz eléctrica (otra locura del “Loco”), los pueblos aledaños estuvieron convencidos que esa luz que brillaba en lontananza, sobre la inmensa oscuridad serrana, era la “luz mala”.